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lunes, 22 de julio de 2019

LOS PEZONES FEMENINOS CONTRA LA CENSURA CULTURAL


En la serie The Handmaid’s Tale (El cuento de la criada), se plantea el incómodo tema de la represión religiosa desde el poder. Pero también, de la presión que la cultura ejerce sobre la figura femenina. Lo hace en tono de ciencia ficción y el resultado es una aterradora distopía en la que se narra la historia de Norteamérica sometida a una férrea teocracia, en la que las mujeres con capacidad para concebir, son convertidas en esclavas de un sistema que se sostiene sobre el prejuicio, el miedo y la estigmatización de género. En el universo de la obra — tanto la televisiva como la literaria — ser mujer es peligroso pero sobre todo, te condena a una forma de sumisión física, intelectual y emocional difícil de explicar. Las mujeres carecen de derecho, ciudadanía e incluso de nombre, y a medida que la historia avanza, queda muy claro que el sistema brutal se sostiene sobre una percepción muy clara sobre el prejuicio. Un patriarcado transformado en un sistema represor de precisión militar. Y a pesar que se trata de una recreación de un futuro ahora mismo improbable, el mensaje es muy concreto: la discriminación, el prejuicio y la despersonalización es una forma de control muy poderosa e inmediata. Una manera de aniquilar la personalidad, la iniciativa y la identidad como una forma de destrozar cualquier intento de rebelión personal.
Pienso en todo lo anterior mientras leo un nuevo debate sobre el desnudo femenino y la forma en que es censurado en las redes sociales, un tema viejo que sin embargo continúa teniendo una extraña tónica conservadora para la mayoría. Porque desnudarse es un asunto complejo, sobre todo si eres mujer y tu cuerpo no es precisamente andrógino. Sobre todo si eres mujer y decides que no tienes porqué avergonzarte de tus pechos o tus genitales. Incluso en nuestra época, los pezones femeninos tienen algo de amenaza contra el Estado, contra la percepción colectiva sobre el deber ser de la mujer y algo más extraño. En un evidente intento de trivializar el simbolismo alegórico que tiene mostrar el cuerpo desnudo, la opinión parece sugerir que cualquier decisión que involucre romper la percepción sexualizada del cuerpo femenino en favor de una idea mucho más profunda, no sólo resulta incomprensible, sino también, directamente ofensiva para esa arraigada tradición que insiste en minimizar las formas en la mujer escoge para expresarse. Más allá de eso, se trata de una nueva vuelta de tuerca sobre esa insistencia social en distorsionar la percepción sobre los atributos naturales y sexuales de la mujer hasta su simbología a la discusión moral.
Por supuesto, a nadie debería extrañar demasiado la exagerada y pacata reacción con respecto al desnudo femenino. Nuestra sociedad está obsesionada con regular y controlar el comportamiento de la mujer bajo la excusa de la “decencia” y la “moralidad”, por lo que las críticas a la desnudez como forma de protesta política no resultan sorprendentes. No obstante, lo que sí resulta desconcertante es el elemento de dominio y control mezclado con el supuesto reclamo moral. De pronto, el desnudo deja de ser metafórico, una forma de expresión de las ideas o incluso, un mero gesto de desacatado y subversión para convertirse en una afrenta moral. Un pensamiento que parece resumir todo tipo de prejuicios y dolores culturales que tienen a la mujer como principal víctima.
He recibido el insulto otras veces y por motivos mucho más complicados de entender que una falda corta. Me han llamado “puta” por protestar, argumentar y discutir en voz alta.
No es algo que no haya vivido antes, por supuesto. Cuando tenía quince años, un desconocido me llamó “puta” porque iba vestida con una falda muy corta, o eso supuse después. La verdad, no podría decir con exactitud que le molestó tanto como para gritar la palabra con un evidente malestar en mitad de una pequeña multitud de curiosos, que volvieron la cabeza con aire suspicaz. Me encontraba en un centro comercial de mi ciudad junto con un grupo de amigas, alborotando y riendo en voz alta como supongo hace cualquier adolescente de mi edad y de pronto, este hombre que con toda seguridad me doblaba la edad, se detuvo y me dedicó una mirada larga y apreciativa. Por último, torció el gesto y me lanzó el improperio. Lo hizo sin disimular su desagrado y un cierto tono acusador, como si llevar la ropa de mi preferencia le brindara la libertad de insultarme.
En el momento, me sentí profundamente culpable y avergonzada. Llegué a creer que en realidad había hecho algo para merecer la actitud grosera de aquel hombre anónimo. Lamenté haber llevado la falda corta, la blusa de mangas cortas. Cuando le conté lo sucedido a mi madre, insistí en que quizás había hecho algo para merecer lo que había ocurrido y eso la disgustó y preocupó a partes iguales.
— No hiciste absolutamente nada. ¡Nadie tiene derecho a maltratarte porque lo que hagas o cómo te comportes choque con sus prejuicios!
No supe que responder a eso. Recordé la mirada del hombre, su gesto de casi repugnancia. Me pregunté por qué le irritaba tanto mi aspecto cómo para agredirme en público. Pero lo peor no había sido eso, pensé con cierta pesadumbre, sino los gestos de reproche de la gente a mi alrededor, esa aparente complicidad inmediata con la palabra y sus implicaciones. Mi mamá sacudió la cabeza cuando se lo comenté.
— Es muy fácil insultar a una mujer y que el insulto reciba apoyo tácito — me contestó — la palabra “puta” parece ser la puerta abierta a un tipo de crítica y de censura muy compleja que nadie sabe en realidad de dónde proviene. Es reprobable y grosero, pero lo más preocupante es que ocurre a diario.
Nunca olvidé aquello. Con los años, he recibido el insulto otras veces y por motivos mucho más complicados de entender que una falda corta. Me han llamado “puta” por protestar, argumentar y discutir en voz alta. Por contradecir cada vez que puedo la imagen idílica que tiene sobre la mujer la cultura en la que nací. Por vestir y comportarme a mi capricho. Por disfrutar de mi vida sexual de la manera que prefiero. Incluso en una ocasión, un hombre con quien trabajaba me llamó “puta” sólo por mi eficiencia laboral. Fue una experiencia que me provocó la misma sensación de angustia y desconcierto que a los quince años, el insulto del desconocido.
— La palabra “puta” es un forma de poder y sobre todo, una noción sobre la opinión social acerca del comportamiento de una mujer — me explicó una de mis profesoras cuando le hablé del tema. Por años, se había dedicado a la investigación sobre el género y la identidad femenina y no pareció sorprendida cuando le conté mi experiencia —. Se esgrime la palabra como un arma, un tipo de censura pero también, una forma de estigma. Una mujer que es “puta” se despersonaliza, se discrimina y se menosprecia. Su opinión y comportamiento se infravalora por el mero hecho de contradecir la norma.
Nos encontrábamos en su oficina de la universidad, en la que solíamos sostener debates sobre el tema incluso antes de ser su alumna y después de serlo. Las paredes se encontraban llenas de retratos de mujeres de rostro calmo y amable. Todas habían sido retratadas de la misma forma: desde un fondo neutro, observaban al hipotético espectador con una especie de infinita y extraña paciencia. No había alguna frase que indicara por qué se encontraban allí y jamás se lo había preguntado. Ahora que las contemplaba, me pregunté si simbolizaban alguna cosa.
— Pero “puta” parece ser la palabra favorita para agredir a una mujer — le comenté desanimada — es abrumador la forma como el insulto engloba cientos de ideas distintas en contra de la mujer.
Mi profesora movió la cabeza con cierta tristeza. Se acercó a la misteriosa colección de retratos en su pared.
— Para buena parte de la historia occidental, la mujer ha carecido de personalidad, identidad e incluso, peso cultural. La palabra “puta” es una forma de denigrar de esa noción de la existencia, de la opinión, de la transgresión del límite. Eres “puta” cuando rebasas cierto límite, una frontera entre lo que se espera de la mujer y lo que hace. Y esa “puta” es una percepción histórica que se normalizó y se hizo parte de una de tantas formas como la cultura asimila lo femenino. Y allí el peligro.
Hay mucho de ese juicio violento, agresivo y amenazante en la forma como se menosprecia la voluntad y la simbología femenina a través del desprecio y el prejuicio hacia el desnudo. No sólo se trata de una forma de ejercer control sobre lo que la mujer puede o no hacer su cuerpo, sino un desconocimiento al poder de su voluntad. Minimizar el simbolismo que la mujer otorga a su propio cuerpo en beneficio de una mirada moralista, es una manera directa de restringir su independencia mental y física, sino también de aplastar su iniciativa para construir un mensaje concreto sobre su sexualidad, su expresión ideológica e incluso cultural.
No sólo se trata de una forma de ejercer control sobre lo que la mujer puede o no hacer su cuerpo, sino un desconocimiento al poder de su voluntad.
Insistir que una mujer no puede mostrar su cuerpo con intención política es un tipo de censura, y lo es cualquiera sea cual sea su origen y su motivo, es traumático. La agresión tiene una connotación durísima no sólo a nivel intelectual sino también emocional. Que una mujer sea llamada “puta” o “indecente” por mostrar su cuerpo de una manera distinta a la que presupone la cultura machista donde nació, también es un tipo de agresión. Y quizás por ese motivo, la simbología de las mujeres venezolanas con los pechos desnudos sea tan poderosa como pertinente en nuestro momento político pero, sobre todo, las implicaciones sociales de la lucha callejera que se lleva a cabo.
En su libro, Margaret Atwood insiste en los peligros de la sumisión de lo femenino a la moral que castra y destroza la identidad. Y pienso en esa visión tan poderosa mientras analizo el papel femenino en la lucha política que protagonizamos, lo que hace que la protesta de la mujer venezolana tenga una repercusión tan contundente y metafórica. La mujer en nuestro país no sólo lucha contra la agresión política, sino también contra la sociedad que pervierte sus derechos. Una batalla pendiente quizás tan valiosa como la que se libra en la calle a diario.

jueves, 18 de julio de 2019

CARMENA: FEMINAZIS MARICONES, E INMIGRANTES-. NO CATALUNYA

(Por Cristina Fallarás)
Vaya por delante que los nacionalismos, sean catalán, español o de cualquier otro sitio, me producen alergia. Todos la misma alergia, cuyos síntomas son prevención, hartazgo por la limitación intelectual y sospecha de corrupción encubierta.
Dicho está.
Esta misma semana, en una visita a Barcelona, la exalcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, ha responsabilizado al independentismo catalán de la aparición de VOX. Ha situado la aparición de una ultraderecha fuerte en España entre las consecuencias del 1 de octubre. Francamente, al oírla me pesó lo reducido y caduco de dicho análisis.
Recuerdo los movimientos del partido de Santiago Abascal durante la campaña a las elecciones andaluzas del pasado 2018. La extrema derecha arrancó con el “España se rompe” y consiguió movilizar a una parte de la población, de manera que parecía que iba a conseguir un par de escaños. No tardaron mucho en darse cuenta de que ese camino no les iba a procurar tan pingües beneficios como las mujeres, en general, y el feminismo y la violencia machista en particular. Aparecieron entonces con fuerza, durante la segunda semana de campaña, la idea de los “chiringuitos” feministas dedicados a la lucha contra la violencia de género, y la de que respondían a la caradura de unas feministas a las que tacharon de “fundamentalistas” y “supremacistas”, de interponer denuncias falsas e incluso de matar a sus criaturas. Ahí sí que consiguieron que la cosa se pusiera calentita y, de paso, 12 escaños que nadie se esperaba.
En mi opinión, yerran quienes creen, como Carmena, que dicha victoria –lo fue— resultó fruto de una denuncia contra el procés o el “España se rompe”. Se trataba de machismo y misoginia puros y duros. Machismo y misoginia que no han dejado de alimentar. Y de criminalizar brutalmente a los y las inmigrantes con un racismo alegre y desinhibido. Cuando un partido alimenta una idea lo hace porque tiene comprobado que aumenta su popularidad, o sea sus votos.
A la ultraderecha de VOX, no nos engañemos, le han dado votos el odio hacia las mujeres o los inmigrantes. Y contra el movimiento LGTBI.
Cabe recordar aquel argumentario del partido publicado por el periodista Antonio Maestre en el que se afirmaba que los participantes en la fiesta del Orgullo “impregnan el centro de la ciudad de un hedor insalubre e insoportable”. O que protagonizan “escenas sexuales grotescas a la vista de familias con niños”. De ahí ya han pasado, como en el caso de las feministas, a acusarles de fundamentalistas, supremacistas y beneficiarios de “chiringuitos” pagados “por todos los españoles”.
Los fachas saben que todo ello no solo da resultados, sino que se esparce y mancha como el pringue que produce la putrefacción: la consejera de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación de la Junta de Andalucía, Rocío Ruiz, de Ciudadanos, no ha tardado en sumarse a sus tesis chiringuiteras. El Partido Popular, por descontado, ya estaba ahí. De la misma forma que la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se sumó a la LGTBIfobia arguyendo que no se podía recluir la fiesta del Orgullo porque “es escenario de las familias”.
No aprendemos. Todo esto lo conocemos bien, o deberíamos conocerlo. Todos los movimientos represivos y la extrema derecha en general se han basado siempre en un odio descarnado que tiene tres patas: las mujeres libres y el feminismo, el colectivo homosexual y transexual, y el racismo contra la inmigración.
¿Hace cuánto que no oímos a la extrema derecha hablar de Catalunya, del procés, del “España se rompe”? Pues eso.

lunes, 8 de julio de 2019

NO ME MULTES QUE LLEVO CHANCLAS



Isais Lafuente Estefania

Como en cada comienzo de las vacaciones, aparte de las dudas frecuentes y universales, muchos conductores se plantearán si les pueden multar si conducen con chanclas. Según leemos hoy en El País, la Guardia Civil, lejos de despejar dudas, las alimenta. Hace tres días, en plena operación salida, lanzó un tuit en el que afirma que “no está específicamente prohibido conducir con chanclas, pero puedes ser sancionado por no ser capaz de mantener la libertad de movimientos.
La cuestión no es que el tuit sea impreciso sino una regulación legal que no especifica la prohibición de conducir con un determinado calzado sino que establece genéricamente la obligación de mantenerse “en todo momento en condiciones de controlar sus vehículos” o “de mantener la libertad de movimientos” que garantice la seguridad propia y ajena. Y parece evidente que las chanclas, que a veces parecen llevar vida propia, no son el calzado más adecuado ni para conducir ni para tropezar ni para que te pisen. Pero parece aleatorio que su uso sea sancionable o no según interprete el agente que su uso provoca los inconvenientes señalados. Así que quizás la ley debería especificar la prohibición como lo hace con los auriculares o con los teléfonos móviles. Para que la cosa quede más clara.

domingo, 30 de junio de 2019

SI USTED PUEDE ESPERAR ESPAÑA NO


El símil con aquella campaña institucional destinada a fomentar el ahorro energético no es mío. Es de Iñaki Gabilondo y se lo escuché en la cadena SER, pero sirve para ilustrar de manera precisa el momento político que vivimos en relación a la investidura del Presidente del Gobierno.
Y es que da la sensación de que algunos actores pretenden alargar el proceso que ha de investir al único Presidente posible, por motivos puramente tácticos y egoístas. Y puede que a ellos les convenga esperar, pero España, efectivamente, no puede.
Hay asuntos pendientes que no pueden esperar al juego táctico de ningún partido. El último informe FOESSA alerta sobre la existencia de más de ocho millones de excluidos sociales en España
La paradoja del momento es la siguiente. La ciudadanía ha cumplido con su responsabilidad democrática, acudiendo repetidamente a las urnas y arrojando un veredicto muy claro. El PSOE ha ganado de largo las elecciones generales, las europeas, las municipales y en diez de las doce elecciones autonómicas llamadas a votar.
Ha cumplido con su responsabilidad constitucional el Jefe del Estado que, tras la ronda preceptiva con los representantes políticos, ha propuesto un candidato a la presidencia del Gobierno. Y, finalmente, ha cumplido con su responsabilidad el propio candidato, Pedro Sánchez, que ha compartido sus planes con los dirigentes de diez fuerzas políticas con presencia en el Parlamento.
Ya solo queda que también asuman su responsabilidad el resto de los actores políticos con capacidad de decisión y voto en la sesión de investidura. Y tienen tres opciones legítimas: o apoyan al candidato propuesto, o intentan forjar una alternativa (que no es posible), o se hacen a un lado sin bloquear la única investidura posible. Estas son opciones legítimas, porque no resulta legítimo optar por el boicot a las instituciones, el bloqueo y la ingobernabilidad. Quizás ellos se puedan permitir ciertos tacticismos interesados, pero España no puede.
Definitivamente, no. España no puede esperar. Necesitamos un Gobierno estable ya. Los ciudadanos han hecho su trabajo. Ahora corresponde a diputados y diputadas actuar con responsabilidad
Quizás unos jueguen a presionar al candidato, intentando llevarle hasta el extremo con la intención de que varíe sus planteamientos en un acuerdo programático, parlamentario e institucional muy razonable. Puede que otros jueguen simplemente a retrasar la investidura para provocar el desgaste político del candidato y fomentar la sensación de inestabilidad. Incluso puede haber quienes jueguen a repetir elecciones, por si les fuera mejor en una nueva cita con las urnas.
Se trata de juegos tácticos tan comprensibles como evidentes, pero absolutamente inaceptables desde la perspectiva del interés general. Los cálculos partidistas son inevitables, pero han de subordinarse al bien común porque, de lo contrario, se subvierte claramente el mandato representativo.
En concreto, puede que algunos actores políticos estén apostando a hacer fracasar la investidura del único Presidente posible en julio, para irse de vacaciones en agosto y continuar el juego táctico en septiembre. Sería una irresponsabilidad.
Hay asuntos pendientes que no pueden esperar al juego táctico de ningún partido. El último informe FOESSA alerta sobre la existencia de más de ocho millones de excluidos sociales en España. Estamos pagando la extra de las pensiones con préstamos. La precarización de muchos empleos exige un nuevo Estatuto de los Trabajadores de forma urgente. Tenemos pendiente el nuevo sistema de financiación autonómica desde hace años. El cambio climático requiere respuestas legales y estructurales ya. En Europa nos esperan para afrontar el brexit, el presupuesto del euro, la armonización fiscal…
Además, aún tenemos por renovar el Consejo del Poder Judicial, el Defensor del Pueblo, el Consejo de Transparencia, el Tribunal de Cuentas, el Consejo de RTVE…
Definitivamente, no. España no puede esperar. Necesitamos un Gobierno estable ya. Los ciudadanos han hecho su trabajo. Ahora corresponde a diputados y diputadas actuar con responsabilidad.

martes, 18 de junio de 2019

SABER GANAR Y PERDER

Nada debería haber en los partidos de izquierda que pueda sorprendernos ya a sus maltratados votantes, pero dejarse conquistar el terreno por la derecha y la ultraderecha de la que abominan (y con cuya abominación hicieron campaña y pretendieron hacer debate), colma todas las expectativas de los penantes izquierdólogos. El PSOE ganó el 28 de abril las elecciones generales y, el 26 de mayo, las elecciones europeas, autonómicas y municipales con una clarísima ventaja respecto al segundo, el Partido Popular, que cosechó sus peores resultados históricos con Pablo Casado a la cabeza. El líder del PP solo lleva un año como tal, pero qué gran regalo le supone ir contemplando el goteo de capitales que van entrando en su redil conservador de la mano de la ultraderecha.
Con todo, el presidente en funciones, Pedro Sánchez, ha seguido empeñado en atraerse a Ciudadanos -y la abstención del PP, si sonaba la flauta- para conformar gobiernos autonómicos, locales y hasta el central. Esos Ciudadanos que, desde la foto de Colón, dejaron muy claro en qué bloque estaban y lo poco que les importa fotografiarse y pactar (sí, PACTAR) con la ultraderecha machista, homófoba y xenófoba de Vox. Los de Abascal, por cierto, que sí tienen muy claro dónde están y lo que quieren: tocar poder, ese sitio desde donde sí se pueden cambiar las cosas, para bien o para (muy) mal. Los recién llegados de Vox en absoluto se andan con melindres y llegan incluso a facilitar gobiernos del PSOE porque el PP y/o Ciudadanos no les da lo que quieren (Burgos) Ni que llevaran toda la vida en esto…
Mientras tanto, la desmoralización socialista, en particular, y de la izquierda, en general, va desparramándose por el mapa territorial de España a la vez que merman sus posibilidades de gobernar proporcionalmente al cómputo de sus resultados y dejando en la mínima la celebración de la contundente victoria en Ferraz durante las dos noches electorales. Sí, aunque hoy nos aparezca una imagen difuminada de aquello, el PSOE fue la primera fuerza electoral en 11 de 13 comunidades autonómas el 28-A (Comunitat Valenciana) y 26-M (las diez restantes) Ganó, además, en la Comunidad de Madrid, en Murcia, La Rioja o Castilla y León, todas ellas (salvo La Rioja, y veremos) que serán gobernadas por el PP gracias a Ciudadanos. Además, el PSOE ganó unas elecciones municipales cuya victoria no olía desde 2003, 16 años atrás, aunque el millón de votos logrado por encima solo le suponga gobernar en dos capitales de provincia más que en 2015.
¿LA CULPA SOLO ES DE CIUDADANOS?
El PSOE culpa al cordón sanitario de Ciudadanos de impedirles formar gobiernos alternativos a los de PP-Cs-Vox. No piensa lo mismo Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha electo con mayoría absoluta, que consiguió atar un “acuerdo integral” con Albert Rivera en hasta 23 municipios. Un pacto, además, cuya ventaja para Cs nadie ve por lo que los de naranja se dejan de poder en la gatera; poder presente y poder futuro.
En Navarra y en Canarias, los socialistas se debaten entre sus complejitos de derechas con Bildu, en el primer caso, y su maldición asociada a Coalición Canaria en las Islas, un partido al que necesitaría en Madrid (si descarta a ERC definitivamente) y al que repudia sobre el terreno propio, ya que CC tiene a un candidato y presidente canario, Fernando Clavijo, que se empeña a estar en el próximo Gobierno aunque esté imputado, el colmo de la responsabilidad política.
Todo se resolvería rápido (o algo más rápido) si Sánchez desplegara el pragmatismo de la derecha que, ganando o perdiendo, acaba logrando siempre mucho más de lo que parecía que iba a conseguircon unos resultados que ni el PSOE igualó en su fatal marca en el Congreso (84 escaños en 2016): de entrada, el PP va a gobernar Madrid, comunidad y ayuntamiento, con sus peores resultados. Y Castilla y León. Y Murcia.
Al presidente en funciones apenas le quedan ya Navarra y La Moncloa para dar un puñetazo encima de la mesa y decidir qué quiere ser de mayor: el jefe de un Ejecutivo secuestrado siempre por los reproches de una derecha que no tiene reparo alguno, en cambio, en saltarse los derechos humanos para pactar con Vox o el líder de un Gobierno progresista y razonablemente estable con Unidas Podemos, dispuesto a romper la dinámica de bloques independentista y no independentista (pese a la cerrazón incomprensible del PSC en el ayuntamiento de Barcelona), negociando con madurez e inteligencia con ERC y Bildu, dos formaciones de izquierdas democráticamente ajustadas a la ley de Partidos (2002) pactada entre PP y PSOE cuando existía ETA y ratificada con los votos de ambos grupos y los de CiU, CC y Partido Andalucista.
La confrontación que busca Cs en Catalunya y que tantos réditos ha dado a la ultraderecha en España -destapada, además, burdamente con la expulsión de Valls del partido naranja por apoyar a Colau- no es ni será la solución de un conflicto cuya profundidad expulsa a las piedras. Es la convivencia en los gobiernos, la obligación de hablar y pactar para legislar y resolver los problemas de la gente la que empieza a minar la desconfianza instalada entre electos, en las instituciones y en las calles. Cuanto antes empiecen a trabajar, mejor.